lunes, 30 de abril de 2012

El viaje de novios.



Son las 12 y 45 de la mañana. En un modesto piso del centro, una pareja joven acaba de hacer el amor apasionadamente en la pequeña cama de su apartamento.

Ahora, ambos descansan abrazados sobre la almohada, exhaustos por el esfuerzo del clímax. 

- ¿Cariño, tu quieres que nos casemos? 

- No lo sé. 

- ¿Por qué no? 

- Quiero decir... por supuesto que quiero casarme contigo, pero no sé si podremos... 

- A mí me haría mucha ilusión. 

- Yo misma me diseñaré el vestido; será de encaje blanco, con una cola larguísima y un velo transparente, que cubra mi cara. Las flores serán moradas, quiero unos lirios. 

Él se ríe, ya sabe que a ella le encantan los lirios. 

- Y tú llevarás el traje negro, con la corbata del mismo morado de mis flores. 


Por un momento, ella se imaginó lanzando el ramo a sus amigas, y recibiendo una lluvia de arroz infinita. 

- ¿A quien invitarás tú? 

- A mis padres, a mi abuela, mi hermano y su novia... poco más. 

- Yo también invitaré a mi abuela, espero que quiera venir, últimamente no sale de casa. Mi hermana podría llevarnos los anillos, le haría tanta ilusión. 

- Y mi hermano puede ser el padrino, ¿verdad? 

- Sí. Le dijo ella con una amplia sonrisa que iluminaba su rostro, aún más que cuando recibió el orgasmo. 

- ¿Dónde iremos de luna de miel? Preguntó él ilusionado, esperando la respuesta de ella. 

- A Italia, Francia, Grecia, Alemania, Suiza... me da igual, yo solo quiero ver mundo contigo. 

- ¿Qué te parece Venecia? 

- ¿Venecia? No, Venecia no, está llena de agua, yo no quiero agua, solo quiero caminar. 

- Quiero salir del hotel muy temprano, tomar el desayuno en la cafetería más bonita de la ciudad, pasear de noche y de día y ver las grandes catedrales y a las golondrinas anidando en sus portadas, como un relieve más del edificio. 


- También quiero pasear por la playa, y hacer carreras con las olas, para después sumergirme en sal y volver corriendo a la toalla, donde tomaremos el sol hasta que anochezca, para volver al hotel... 

- Y hacerte el amor apasionadamente. Añadió él. 

Ella sonrió y miró la hora. 

- Uff ya es la una de la tarde, deberíamos hacer la comida.

Él se levantó y se puso los pantalones y la misma camiseta que hace no más de hora y media se arrancó y dejó caer bajo la cama. 

Ella le observaba somnolienta, aún desnuda y semi oculta entre las sábanas.

- ¿Vamos a comer? Le preguntó él. 

- Anda, ayúdame a salir de aquí. Dijo ella incorporándose sobre el colchón, aún revuelto y testigo mudo del amor de por las mañanas. 

Entonces él se acercó y la cogió en brazos, como se coge a una virgen recién casada para llevarla a la cama, solo que él la dejó sobre su sillita con ruedas, esas que había de mover para poder andar, y que él un día le pintó de rojo y puso sus iniciales, para que siempre recordara, que fueran a donde fueran, él estaría detrás de la silla, y ella se giraría para ver que no se fuera nunca con una chica de piernas más largas.


viernes, 27 de abril de 2012

Historias para no dormir antes de un examen.




Se podría decir que Victoria es la típica adolescente de diecinueve años, pero entonces estaríamos mintiendo. 

A Victoria le encanta leer y, aunque ella aún no lo sepa, escribe maravillosamente bien: su sueño siempre ha sido ser escritora.

Sin embargo, a Victoria siempre le ha costado dormir, mucho, y más cuando al día siguiente tiene un examen. 

Esto no debería suponer un problema, ya que las horas que ocupan la noche, ella las dedica a estudiar, siempre se le ha dado bien. 

Pero, inevitablemente, el sueño se acumula en sus párpados como el agua de las nubes, y Victoria pasa las noches llorando por no poder dormir.

También inevitablemente, multitud de problemas pasan por su cabeza, desbancando a las ovejas blancas que deberían estar custodiando su sueño.

Victoria intenta evitar tener que pensar en todo eso, pero los demonios se apoderan de ella. 

Primero piensa en su familia.

Los padres de Victoria hace años que no duermen juntos, pero ahí siguen, dándole de comer a sus hijos. 

También dedica su insomnio a pensar en todos los complejos que puede tener una joven de diecinueve años. 

A esta altura de su vida, Victoria tiene las típicas amigas que podría tener y ha salido con algún que otro chico, pero en realidad no sabe muy bien por qué; últimamente cree que le gustan más las mujeres del cine de los años 50 que, a su parecer eran más bellas que las actrices de hoy día. 

A parte de su inclinación sexual, a Victoria le preocupa no poder quedarse embarazada. Hace unos meses leyó una novela en la que violaban a la protagonista, y esta nunca pudo tener hijos. 

Victoria no se lo ha contado a nadie, pero una vez fue violada por un amigo suyo en una discoteca, a eso de las siete de la mañana. Ella apenas se acuerda, pues los polvos de ángel y las pastillas rosas borraron su conciencia, pero desde entonces, sufre insoportables dolores en la vagina.



Es a partir de ahí por lo que empezó a sufrir insomnio, y las pocas horas que consigue dormir sueña con luces rojas y un frío suelo lleno de alcohol por donde ella camina descalza. 

Entonces llega el día del examen más importante y para el que Victoria ha dedicado todas sus horas de sueño. 

Antes de salir de casa se mira en el espejo, jamás podrá borrar esas ojeras. 

Victoria llega a clase mirando al suelo, el suelo es mil veces más interesante que la gente. 

Observando el suelo logra concentrarse, pero no sacará los apuntes esta vez, ya estudió demasiado la otra noche. 

Empieza a llegar la gente. 

Victoria odia el incesante y molesto murmullo de las voces lejanas que, ajenas al resto del mundo, intrigan y elucubran sobre cuál será la maldita pregunta. 

Pero eso a Victoria le da igual, ahora mismo es incapaz de concentrarse. Ojalá hubiera dormido esa noche.  

Llega el profesor. 

Llega con mucha calma, como si no le alterase el nerviosismo general, llega incluso altivo: “en mi poder está la pregunta, y esta pregunta determina que vosotros, el día de mañana ocupéis mi lugar”. 

Cada uno toma su asiento, algunos estratégicamente. 

El profesor reparte los folios, de un blanco que da miedo, y sonríe, sonríe pues sólo él conoce la maldita pregunta. 

Crece el nerviosismo, pero ya nadie puede hablar: “sólo quiero un bolígrafo sobre la mesa”. 

Al pupitre de Victoria llega por fin la hoja en blanco, que ni siquiera mira. 

Entonces, veinte pares de ojos abiertos se posan en la pizarra pues, el profesor acaba de escribir la pregunta. 

Se oyen algunos murmullos jubilosos, otros decepcionados, e incluso hay gente que abandona la clase, pero claro, ellos si podrán dormir esa noche.

Por supuesto, Victoria conoce la respuesta a la perfección. Sabe que se encuentra en el tercer párrafo de la página cinco del tema siete. 

Ahora es cuando debería coger el bolígrafo de valiente tinta azul y empezar la danza de la escritura durante la escasez de media hora, y rellenar con jeroglíficos de fría tinta, una hoja escandalosamente blanca.



Pero en lugar de ello, Victoria se plantea por un segundo qué ocurriría si no contestase bien la pregunta. 

Por supuesto estaría suspensa, pero no crean ustedes que sólo es un suspendo, es mucho más. 

Al suspender ese examen y, por consiguiente la enigmática asignatura, Victoria ya no tendría superado el total de créditos.

A ello le sigue la negación de la mísera beca que recibe para estar más horas en carretera que ante la pizarra. 

Pero claro, sin beca, cómo seguir estudiando una carrera de, como mínimo cuatro años, cuando sus padres tienen una familia que mantener... 

Ya sin beca ni carrera, no le queda otra que ponerse a trabajar, y por supuesto ayudar a sus padres. 

Victoria se pregunta a qué trabajo puede acceder una joven que ha dejado los estudios; las opciones no son muchas: 

Trabajar de camarera en un restaurante de comida rápida, donde va a limpiar más que a cocinar; o, en su defecto, podría ser limpiadora y operarse de ciática a los veintisiete años. 

Por supuesto, con el trabajo ya no tendría tiempo para salir con sus amigas, ni para borrarse las ojeras, pues por culpa del dinero Victoria no consigue dormir y no, no es que su colchón guarde debajo una fortuna. 

Las facturas, los disgustos, las drogas... no dejan vivir a Victoria que, debido a la depresión y la ansiedad, pierde el apetito completamente, y ahora los negros surcos de las ojeras adornan sus pómulos. 

Sus viejos padres han de ingresarla a los veintisiete años en un hospital: con anorexia, sin trabajo, sin novio y sin amigos, Victoria busca consuelo en la literatura, pues antes no había tenido tiempo de leer.

Entonces piensa en el que era su sueño hace unos años cuando, muy ilusionada empezó la carrera, pues de mayor quería ser escritora. 

Pero abre un libro tras otro y las letras están borrosas; la migraña, la droga y la anorexia no la dejan leer; Victoria es víctima de la enfermedad, del analfabetismo y del mundo, que no permitió que siguiera estudiando. 

Faltan siete minutos para que acabe el examen y Victoria sigue absorta en un futuro tan posible como pesimista, tan absorta que el tiempo pasa muy rápido, mirando al suelo, y a nuestra Victoria, camarera, escritora, limpiadora y soñadora, no le da tiempo a hacer el examen.


domingo, 8 de abril de 2012

Mis libros.



En la medida en que recuerdo, el primer libro que leí por gusto fue El fabuloso mundo de las letras, de Jordi Sierra I Fabra. 

Tendría unos trece o catorce años, era Navidad, y mis padres me habían regalado ese libro del que, lo primero que sorprende es la portada, confeccionada con diferentes tipos de letras, unas más barrocas que otras. 

Lógicamente, a esa edad, lo que más me llamaba la atención era el gran repertorio de juegos que había entre sus páginas; cada capítulo, letra capital, o rótulo estaba impreso con un tipo de letra diferente, y a color. 

El protagonista de la historia, Virgilio, cuyo nombre me pareció entonces de lo más extravagante (luego comprendería su importancia), era un chico que detestaba leer. 

Lo cierto es que no me llegué a sentir identificada con él, incluso pensé que el autor comenzó su historia de esta manera para atraer al enorme público de niños a los que no les gusta leer.

Lo más maravilloso del libro después de leer la historia es, pasar sus páginas y ver todas esas letras de distintos colores y formas y volver a realizar sus juegos y pasatiempos, tengas la edad que tengas. 


A este libro le siguió La joven de la Perla, de Tracy Chevalier. 

Mi padre me recomendó este libro después de quedar prendada de la belleza de su portada, obra del mismo título y del pintor Johannes Vermeer

Aún hoy me acuerdo de las descripciones del paisaje holandés, y de los colores y pigmentos que mezclaban criada y pintor en el taller y de... 

- ¿De qué color son esas nubes Griet?
- Pues blancas, señor.
- ¿Seguro? 
- Y grises; tienen algo de azul, también amarillo, ¡y también algo de verde! 
- Te darás cuenta de que hay muy poco blanco puro en las nubes; sin embargo, la gente dice que son blancas. 


Más tarde vi la película, en la que Colin Firth hacía muy bien el papel de Vermeer y una jovencísima Scarlett Johansson de Griet, la joven de la perla, muy fiel a la novela.

La Metamorfosis de Kafka intenté leerla, os lo juro, pero además de aburrida me resultó, debido a mi rechazo hacia las cucarachas, repulsiva. Pero diré que la versión que hizo Quim Monzó en su libro de relatos 86 cuentos, titulada Gregor (página 403) me resultó de lo más divertida. 

Como ya he dedicado toda una entrada a Quim Monzó, sólo diré que cronológicamente le corresponde ser descubierto en este punto de mi vida, donde curioseaba entre los libros de mi padre (cosa que aún sigo haciendo). 

Más tarde descubriría (también gracias a mi padre) a Amélie Nothomb

Un dato curioso es que, la escritora de origen belga que se considera japonesa, comenzó a escribir novelas el mismo año en que yo nací, y ha publicado desde entonces, una cada año; para mí, los años que tengo... aunque no son muchas para leer, le digo lo mismo que a Quim Monzó: no deje nunca de escribir señorita Nothomb. 

De Amelie Nothomb no hay películas, por suerte, creo que el director de cine que tomase una de sus novelas para la gran pantalla, literalmente se las cargaría pues, esta autora tiene el “don” de no describir nada, y dejar a la imaginación del lector poner en su mente escenario para sus historias. 


Primero fue Ácido sulfúrico, donde se recrea en forma de reality show, un verdadero campo de concentración donde, los telespectadores deciden quien irá a la cámara de gas. Resulta de lo más concienciador. 

Después fue Antichrista, duelo psicológico de adolescentes donde Blanche es sometida a abusos y humillaciones por parte de Christa, con un final nada esperado.

Más tarde fue Biografía del hambre donde, a modo de autobiografía, Amelie Nothomb nos cuenta su obsesión desde niña por la comida y los viajes a los que se vio en ocasiones premiada y en otras obligada a realizar. 

Como dice en la sinopsis, este libro reivindica: hambre de lenguas, de libros, de alcohol, de chocolate, ansia de belleza y de descubrimientos... 

Siempre es un placer leer sobre la vida de esta fascinante escritora que, por suerte ha visto mucho mundo. Quizás este sea el más descriptivo de sus libros. 


Cosmética del enemigo, de tan sólo 96 páginas es, a modo de diálogo entre dos desconocidos que se encuentran en un aeropuerto, una verdadera novela psicológica, de la que uno solo quiere conocer el final. 

Diario de Golondrina me sorprendió bastante por su argumento (Amélie Nothomb siempre logra sorprenderme cada año que pasa). 

El protagonista, después de haber bloqueado todas sus emociones para evitar el dolor, descubre en la música de Radiohead, la recuperación del deseo. 

Pero es a través del asesinato donde su vida vuelve a cobrar sentido, hasta que se enamora de una de sus víctimas cuando emprende la lectura de su diario. 

Por último puse en mis manos Ordeno y Mando, una novela en la que el protagonista se sumerge en una vida de ensueño, ocio y placeres en un oasis en forma de mansión de lujo, con sabor a champagne francés y habitado por una belleza nórdica, todo ello a través del robo de identidad. 


Aún hay muchos libros de Amelie Nothomb esperándome en la estantería, para que los devore en unos pocos días y me quede pensando, en lo bello de sus palabras y en la lección moral de sus historias. 

Más tarde llegó mi fijación por las “Lolitas”.

Sin embargo, comencé por la versión española de Lorenzo Silva: La flaqueza del bolchevique. 

Ya había visto a mi padre leer este libro años atrás pero, el título no me decía mucho, hasta que leí la sinopsis, y después la crítica, que me llevó a otro libro: Lolita, de Vladimir Nabokob y que, por suerte, también tenía mi padre. 


La lectura del primero duró tan solo dos días y fue apasionante. 

El protagonista escuchaba tanto Judas Priest como Schubert; pero además logré descubrir el por qué de ese título.

Se podría haber escrito toda una novela de esa parte donde, el protagonista observa la foto de la fría y bella princesa Romanov y se pregunta cómo hubo de sentirse el bolchevique que le dio muerte.

Una historia moderna y preciosa.


Luego le siguió la verdadera Lolita, de Navokov

Primero estudié su biografía; este escritor ruso convertido a americano fue realmente polémico ya que se llegó a pensar que si era capaz de escribir una historia así, también sería capaz de cometer los mismos actos atroces que su protagonista. 

Por supuesto, en el año 1955, la novela fue prohibida en muchos países pero, hoy día se la considera una obra maestra indiscutible de la literatura universal. 

Y comienza de la forma más bella que el lector pueda imaginar: 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta. 

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.


Sin embargo, el viaje que emprenden los dos protagonistas se me hizo largo, muy largo, pues parecía que yo también fuese en el viejo automóvil, observando el seco y anaranjado paisaje americano, plagado de moteles en los que la joven Lolita se hacía, en brazos de su maduro padrastro, una mujer antes de tiempo. 

Por supuesto también vi las películas (en La flaqueza del bolchevique, merecidísimo Goya a bella María Valverde, como mejor actriz revelación en el año 2003), aunque siempre me ha perseguido esta cuestión: ¿Qué fue antes el libro o la película?, ¿Debe uno antes leer o ver? Todos lo hemos hecho pero, debo decir que no siempre nos decepcionan las películas, que a veces están incluso mejor ejecutadas que los libros. 

Pero también llegué a una tremenda conclusión: se han escrito estas dos obras de Lolitas donde, el protagonista siempre es el hombre maduro y triunfador, sobre la niña inocente, delicada, bella e inexperta. 


Y digo yo: ¿por qué no escribirla al revés? Hace dos años que me estoy dedicando a escribir la historia de una joven que intenta seducir a un hombre veinticinco años mayor que ella pero, no os preocupéis, que no se parecerá en nada a American Beauty. 

Para finalizar, en esta entrada también quiero hacer una mención a otro escritor muy especial para mí que ha sabido inculcarme mejor que nadie, ese amor hacia la lectura y esas ganas de escribir.

A mi padre (lector empedernido donde los haya y al que ya no le caben más libros en casa), un señor que un día, sin saber cómo ni por qué, empezó a escribir, y ya no paró. Gracias papá.


sábado, 24 de marzo de 2012

Felicidades señor Monzó.




Hoy, día 24 de Marzo de 2012, tengo el honor de felicitar al señor Quim Monzó por su 60 cumpleaños.

Pero esta entrada no es sólo para felicitarle, sino para darle las gracias, pues es por sus libros por lo que empecé a escribir y, desde que le "conozco", decidí que de mayor, quería ser escritora.

Sus relatos han acompañado todas mis tardes de soledad desde enero de 2010, cuando descubrí entre los libros de mi padre una de sus novelas, la primera que puse en mis manos.

Estaba yo una tarde revisando un pedido de libros de segunda mano, de los que mi padre hace cada cierto tiempo, cuando uno de ellos me llamó realmente la atención: era de color violáceo y se titulaba: "La magnitud de la tragedia", cuya portada es, al igual que todas las de Monzó (como descubriría más tarde) del pintor Mark Tansey. 



Instintivamente le di la vuelta al libro, para revisar la sinopsis y dejarlo sobre la mesa, como hacía siempre con todos los libros de mi padre; pero esa vez fue diferente:

"Un trompetista consigue, finalmente, el sueño que ha acariciado durante semanas: salir con la vedette del teatro donde trabaja. [...] ...al trompetista le sobreviene una erección tremenda, permanente, que no cesará en toda la novela".

Obviamente, esas palabras llamaron mi atención y pensé que, de entre tantos libros, mi padre no echaría en falta aquel de tan reducido tamaño.

Decidí leerlo a escondidas, para no tener que dar explicaciones; al principio por la curiosidad, pero después descubrí en esta novela corta de Monzó, el tipo de narración para mí, más perfecta.

Sobre Quim Monzó se dice, (para no ser yo la única que hable):

"Se ha convertido en el indiscutible primer escritor de su generación, en lengua catalana".

"La crítica europea relaciona a Quim Monzó con Kafka, Borges y Rabelais".

"Monzó es un escritor que mezcla dos registros: uno que podríamos denominar realista y lírico; otro, fantástico y grotesco. Como Navokov, Monzó tiene un virtuosismo que le permite jugar desesperadamente con las palabras, y una dolorosa lanza de acero que perfora la máscara de sus brillantes bromas".
Le Monde, París.


Como era de esperar, mi padre me descubrió cuando casi había terminado el pequeño librito, y le pregunté si tenía más; para mi suerte, mi padre buscó en la estantería dos de sus libros de relatos que, según me dijo, era el género que mejor sabe llevar el autor catalán.

Dediqué todo un verano a leer: "El mejor de los mundos" y "Ochenta y seis cuentos".

Quedé aún más maravillada que con el primero que leí, la novela corta.

Pude apreciar cómo este señor es capaz de, escribiendo un relato de una sola frase, tenerte un día entero pensando en lo leído.

Ya que ochenta y seis relatos son muchos y, sabía que algún día querría releerlos, decidí guardar en el libro, a modo de marca páginas, una hoja de papel, con una lista de todos los relatos y una especie de puntuación personal para saber cuáles me habían gustado más, cuáles habría de releer, cuáles recomendar...

Después le seguirían "Mil cretinos", de nuevo un libro de relatos, y después, "Gasolina", otra novela corta; libros que yo adquirí en una macrolibrería del centro y que, después de estos ya mencionados, ya no volví a ver otro libro de Quim Monzó, pues hay gran parte de su obra que aún no ha sido traducida del catalán.

Por suerte, leí en una de sus muchas biografías de internet, que Quim Monzó publica cada día una columna en el diario catalán La Vanguardia, que desde entonces leo siempre que puedo. 



Pero es frío, muy frío el contacto con la pantalla rectangular, prefiero mil veces acariciar el lomo de sus libros, pasar sus rugosas páginas con olor a celulosa, o a flores (adoro esconder flores en los libros) y, hacer lo que instintivamente hago cada vez que termino un libro que me ha llegado al alma: cerrarlo, abrazarlo y sonreír en soledad mientras lo devuelvo a la estantería, muy segura de que volveré a leerlo en un futuro no muy lejano.

En una ocasión llegué a preguntar a mi padre, lector empedernido donde los haya:


"¿Has leído alguna vez a algún autor que te hiciera pensar que su obra estaba dedicada a ti?"


Mi padre se rió y dijo: "Puede que me pasara eso a tu edad".


Me sentí ridícula con su respuesta pero, entre nosotros, aún sigo pensando que las obras de Quim Monzó están unidas a mí místicamente.


Supongo que a todos nos habrá pasado, y que, como mi padre, habrán tenido a lo largo de su vida decenas de escritores favoritos, según la etapa por la que uno esté pasando.


Pero yo solo sé que jamás olvidaré a Quim Monzó, pues fue a partir de él cuando yo empecé a escribir y espero no parar nunca.

Para quien quiera conocer un poco más a mi escritor favorito, no le recomiendo internet: vaya a las librerías y haga como yo; lea primero los títulos, mire la portada, si se trata de una pintura mírela aún más, y no se quede en la sinopsis, ábralo y guarde flores en él, así viven los libros, así se determina su esencia, si no abrimos los libros los estamos condenando a morir sin ser leídos pero, por suerte, ellos viven mucho más que nosotros.




A continuación les dejo información de Quim Monzó, pues yo en esta entrada no trataba de hablar tanto de su vida, sino describirles lo que siento cada vez que abro uno de sus libros.

Además de sus novelas cortas, sus relatos, artículos y demás, cuenta con un gran número de premios y reconocimientos.

Y en dos ocasiones, el también director catalán Ventura Pons, ha llevado a la gran pantalla dos películas a modo de cortometrajes que encajan perfectamente con los relatos de Quim Monzó, yo he tenido la suerte de poder ver la primera pero, a pesar de ser una gran amante del cine, prefiero imaginar sus disparatados personajes.


* "El por qué de las cosas", 1994.


"Friso minimalista en quince episodios sobre el comportamiento humano (deseo, sumisión, amor, celos, sensatez, honestidad, sinceridad, pasión, fe...) situado entre dos historias fantásticas sobre la voluntad y la duda. Basada en relatos cortos de Quim Monzó".
Filmaffinity.


* "Mil cretinos", 2011.


"Quince historias contemporáneas de Quim Monzó en las que, con un humor sarcástciso y sin concesiones, se hace balance del dolor, la vejez, la muerte y el amor, pero sobre todo de la estupidez humana".
Filmaffinity.


Aquí dejo una de sus muchas entrevistas, por el programa Página 2, donde tenemos el placer de oír a Quim Monzó recitar, con su estupenda voz, el principio de uno de sus relatos: "El amor es eterno" en "Mil cretinos", página 23.




No sé si llegará a leer esto algún día pero: Felicidades señor Monzó, que cumpla muchos más y, por favor, no deje nunca de escribir.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Elisabeth, la virgen shakespeariana.



Desde que era muy pequeña, a Elisabeth siempre le había gustado leer. 

Su padre, Ernesto tenía en casa una pequeña biblioteca que servía de entretenimiento a la pequeña niña, huérfana de madre. 

Al principio le leía La isla del Tesoro, y después La Tempestad, de Shakespeare.

- “Cuando seas mayor, irás a la Universidad de Londres, allí podrás leer todos los libros que quieras. Y estudiarás, y llegarás a ser una gran escritora, como yo”. 

Por supuesto, cuando su padre murió de tuberculosis, ella perdió todas sus posesiones y el privilegio de poder estudiar.

Cuando el forense se llevó el cadáver de su padre y los policías sus pertenencias, ella consiguió quedarse con algunos de sus libros de Shakespeare. 

Pensó que se volvería loca tras la muerte de su padre, cual Ophelia con flores, solo que ella no tenía flores. 

En invierno, las laberínticas calles de Londres eran muy peligrosas para cualquier niña, llenas de delincuencia, prostitución y suciedad. 

Para sobrevivir en ese crudo escenario, se dedicó a mendigar entre el humo y las alcantarillas, cual Cerillera. Gastó el poco dinero que heredó de su padre en unos mendrugos de pan. Cada vez hacía más frío y el hambre la consumía. 


Cambió los libros de su padre por unas flores para venderlas por la calle, pero todas se marchitaban al llegar la noche. 

Poco a poco empezó a olvidar lo que le enseñó su padre; en ocasiones intentaba descifrar la grafía de los carteles de los bares y tabernas, manchados por el polvo y la nieve. 

Los días pasaban y cada vez estaba más sucia, sola y hambrienta. 

Una fría noche de invierno, cuando casi caía desmayada, un señor bien vestido, con sombrero, bigote y bastón, la recogió del sucio y mojado suelo. 

Cual Eliza Doolittle, este hombre la llevó consigo y la convirtió en su protegida. 

La ayudó a recordar todas las letras del abecedario y le prometió su ingreso en la Universidad si pasaba una temporada con él en su casa, aprendiendo a vestirse y comportarse como toda una dama londinense. Ella aceptó encantada, aquel caballero era tan apuesto... 

Pasaron los días y el caballero la cubrió de joyas y de sedas, además de dejarle entrada libre a su enorme biblioteca, donde leyó todas las noches Romeo y Julieta, libro que su padre le leía cuando era niña y que tuvo que vender para poder comer. 

Ella esperaba que en cualquier momento el caballero pidiera su mano. Los días pasaban y él cada vez estaba más inquieto, incluso la espiaba en el baño. 


Elisabeth se sentía cada vez más incómoda con su presencia, hasta que un día intentó forzarla. 

Se ve que su petición de pasar unos días con él, se refería más bien a pasar las noches con él. 

El caballero había pactado con su mejor amigo, otro señor estirado pero sin bigote, de mirada fría y penetrante, que recogería alguna joven virgen de la calle para hacerla pasar por una dama de la alta sociedad y así, ennoblecida, se la llevaría al dormitorio, donde ambos caballeros compartirían su frágil virginidad. 

Elisabeth huyó de la mansión en cuanto pudo, contando al menos con siete golpes en brazos y piernas.

Sin joyas, sin seda, sin libros y sin esperanza, Elisabeth volvía a vagar por las calles de Londres; ya comenzaba la primavera, acababa de cumplir 17 años, y se dio cuenta de cómo la miraban los hombres. 

Ya más de algún caballero, confundiéndola con una prostituta, le habían ofrecido altas cantidades de dinero, por lo que ella empezó a replantearse vender su cuerpo al mejor postor.


Se anunciaba como Julieta, pero otras veces era Ophelia o Miranda, la virgen shakespeariana, pues la mayoría de los hombres preferían a las jovencitas que aún estaban intactas. 

Incluía en sus encuentros sexuales, por un precio un poco más elevado, intervenciones teatrales donde interpretaba los papeles de las protagonistas de las obras de Shakespeare, pues su sueño no era ser escritora, como su padre, sino actriz de teatro, e interpretar grandes obras como La Tempestad. 

A veces llegaba a sentirse como una Alicia en el país de las maravillas, que cambiaba de pequeño a grande no su cuerpo, sino el tamaño de los hombres que pagaban por verla danzar y recitar sobre un colchón demasiado usado. 

Cada vez era más bella; no quería seguir creciendo, deseaba poder ser retratada algún día por un famoso pintor prerrafaelita, y que envejeciera la imagen del cuadro en vez de ella, para así poder ser siempre joven y bella. 


O también podía encandilar al inventor de la máquina del tiempo, y viajar juntos al futuro y al pasado, y ver los avances que la Revolución Industrial traía consigo, para terminar en una terrible Guerra de los Mundos. 

Algunos de sus clientes más adinerados, le pedían sesiones orgiásticas de vampirismo, sangre y sadomasoquismo. 

Pero esto llevó consigo que en muchas ocasiones fuera tratada violentamente y golpeada, ya que la mayoría de los hombres que buscaban sus favores acudían ebrios a su encuentro. Muchos de ellos eran hombres invisibles, cubiertos de vendas. 

El sexo, el opio, las joyas... ya no la satisfacían, estaba cansada de actuar para hombres que sólo querían ver su cuerpo desnudo. 

En pocos meses ya casi tenía el dinero suficiente para marcharse de Londres; iría a París, para ser actriz de teatro, y alejarse de tanto opio. 

Una noche, mientras hacía su pequeña maleta con los modestos vestidos que le regalaban algunos de sus amantes y que utilizaba para sus representaciones, llegó uno de sus clientes fijos, un estudiante de medicina, de mediana edad y con expresión siempre triste. 

Se dio cuenta de que ella se marchaba y le pidió que pasara su última noche en Londres con él, ya que estaba perdidamente enamorado de ella y sabía que nunca aceptaría su mano. 


Aquella mañana, los periódicos anunciaron la muerte de una joven prostituta, que había sido degollada y destripadas sus vísceras, entre sus pertenencias se encontraron varios vestidos, un par de collares, algo de dinero y libros de Shakespeare. 

A partir de aquella noche de primavera de 1888, se sucedieron los crímenes de cuatro prostitutas más en las calles de Londres. Ni el mismísimo Sherlock Holmes logró atrapar nunca al asesino, que la prensa llamó Jack el Destripador. 

Tal vez fuera un misántropo, como Mr. Hyde, y tuviera una doble personalidad. 

Tal vez amara realmente a Elisabeth, pero si era así, su álter ego la odiaba a más no poder. 

En la sala de autopsias estuvo el pintor John William Waterhouse, muy buen amigo del forense y que buscaba entre los cadáveres de la sala, alguno que pudiera servirle para su nueva obra. 

Inevitablemente quedó prendado de la belleza de la joven Elisabeth, y la tomó como modelo para realizar su “Ophelia muerta” un año después. 

Así, a través de la obra del prerrafaelita Waterhouse, Elisabeth pudo interpretar en muerte a Ophelia, su personaje shakespeariano favorito, y para toda la eternidad.


"Ophelia" de John William Waterhouse, 1889.

jueves, 8 de marzo de 2012

La Venus del Espejo.




Desde que era niña, Venus ha visto pasar gran parte de su vida ante el espejo. 

Frente a la lámina especular dio sus primeros pasos y, como toda niña de pocos meses, no supo reconocerse ante su propia imagen cuando aprendió a avanzar un pie y después el otro. 

A medida que fue creciendo, pasaba más y más horas delante del espejo; siempre se iba sola, quizás influya el hecho de que fuese hija única y sus padres siempre trabajaran. 

Las horas que no estaba en el colegio, las pasaba ante su reflejo, viéndose jugar primero con muñecas, después con puzzles y por último con libros; adoraba verse haciendo todo tipo de cosas, incluso uno de sus mayores placeres, comer chocolate. 

Le gustaba ver el gesto de placer en su cara cuando olía, mordía y lamía el chocolate, y esa increíble sensación al tragarlo, pero después todo se acababa. 

Pasaron unos años y a Venus aún le gustaba estar ante su espejo, pero ya no perdía el tiempo jugando ni comiendo, ahora era su imagen la que la obsesionaba. 

Como toda adolescente, adoraba simplemente observarse durante horas, había memorizado cada lunar, cada mancha de su cuerpo, había calculado miles de veces la distancia que había entre sus ojos, y si era proporcional a la de su nariz y boca, por todo eso de la proporción áurea y que si tenía la cara en armonía y que si sus facciones eran perfectas...

Era una chica bastante normal, ni muy bella ni tampoco desagradable, pero había algo que la hacía especial, y era su gran capacidad de observación, su memoria fotográfica, el poder retener cada detalle... tanto que se sabía su imagen de memoria. 

El tiempo que pasaba en otros lugares se le hacía eterno, y siempre intentaba buscar algún espejo por la ciudad; a veces entraba en los probadores de las tiendas con un vestido que ni se probada, lo único que hacía era observarse, hasta que oía que cerraban la tienda y se marchaba, sin el vestido por supuesto.



Cada escaparate, ventana de un automóvil, cuchara de una cafetería, en cada lugar era capaz de encontrar algo en lo que ver su rostro reflejado y así poder verse durante horas..., horas que para ella eran efímeras. 

El enorme espejo de su habitación era testigo de tantos tipos de pecados..., no sólo el hecho de atiborrarse de chocolate, uno de sus mayores vicios, sino el momento en el que Venus descubrió un lugar en su cuerpo que le hacía sentir mucho más placer que el chocolate. 

Era capaz de pasar días enteros acariciándose, pero más que eso, le gustaba ver su cara, sus gestos, la manera que tenía de echar su cuerpo hacia atrás, de pasar su lengua involuntariamente entre sus labios, la forma en que se erizaban sus pezones y todos los vellos de su cuerpo despertaban de un sueño profundo y el cerrar de sus ojos en el momento álgido... 

En esta época y tras muchos años de soledad, debidos a la prematura muerte de sus padres, Venus pronto conoció a alguien. Fue en uno de sus paseos otoñales, pues odiaba salir durante las estaciones fuertes, para ella el verano y el invierno era mejor pasarlos delante del espejo. 

Por eso prefería ir a pasear cuando las flores empezaban a salir y las hojas, al contrario, se iban cayendo. 

Él estaba en el parque, leyendo un libro. Se llamaba Diego. 

Se sentó junto a él como si se conocieran de toda la vida. 

-Hola, le dijo Venus con toda la naturalidad con la que saludas a tu propio reflejo. 

-Hola, ¿cómo te llamas?, le preguntó él más sorprendido por su dulce aspecto que por su repentina irrupción. 

-Venus, le contestó con total normalidad.

-¿Conoces el cuadro de la Venus del espejo de Velázquez?

-No, dijo ella.

-La imagen de su rostro en el espejo está difusa, Velázquez no quiso que se la reconociera, pues como modelo para esa Venus tomó a su amante. 

-A mí me encanta mirarme en el espejo, le dijo ella con una sonrisa.



Sin pensárselo dos veces, Diego y Venus se dieron la mano y ambos corrieron a casa de ella. 

Nada más abrir la puerta comenzaron a besarse, y una cosa llevó a la otra. 

Diego y Venus se amaron toda la noche, y el espejo fue el único y mudo testigo de lo bella que puede ser la vida en compañía. 

Por supuesto se fueron a vivir juntos, se casaron, y se juraron amor eterno. 

Y él siguió hablándole de arte y ella cocinaba para él, y pasaban las horas mirándose, aunque ella no olvidó del todo su obsesión por los espejos. 

Hubo una ocasión en la que, como todas las tardes, Diego estaba trabajando y Venus le esperaba en casa con una gran sorpresa: se había pasado toda la tarde recubriendo la casa de espejos, por todas las paredes, en el techo, en el suelo... estaba tan ilusionada que ni siquiera se dio cuenta de la expresión de pánico que puso Diego al entrar en casa.



Como en cada matrimonio, ciertas discusiones hacían más frías las noches en las que dormían separados, uno junto al otro pero sin decir nada, sin tocarse... pasaban los meses y Diego cada vez la miraba menos... 

Venus intentaba evitar mirarse al espejo, pues cada vez se reconocía menos; los lunares y manchas que memorizó en su adolescencia, se habían triplicado, y su pelo había perdido el brillo que tenía con quince años, ya no era la misma del espejo. 

Pronto supo que, al igual que Velázquez, Diego también tuvo amantes, y eso Venus no pudo soportarlo. 

Terminó por echarlo de casa, prefería vivir sola su vejez y que nadie más viera esas arrugas que se convertían en surcos infinitos que atravesaban todo su cuerpo como si de un río se tratase. 

Los años pasaban, pero Venus intentó serle fiel a su único amigo, el espejo. 

Ya resultaba imposible memorizar ese rostro que cada día era más viejo, pero a Venus se le ocurrió una idea.  

Después de despedirse de su único amigo en la vida, rompió el espejo, cogió el trozo más grande y afilado que encontró, y desfiguró su cara, para poder ser siempre un mero reflejo de La Venus del espejo.


miércoles, 29 de febrero de 2012

Los siete gatos.


Con este relato he querido hacer un homenaje a La piel que habitode
 Pedro Almodóvar, pues me ha servido de mucha inspiración escuchar 
su bso (merecido Goya para Alberto Iglesias) mientras lo escribía. 
Para el que no la haya visto aún, se la recomiendo encarecidamente.



Melissa tiene veinte años y acaba de sufrir el mayor engaño amoroso de la historia. 

Tras este hecho traumático, Melissa decide ir a una vidente; es algo que nunca haría pero tampoco pensó que llegara a necesitarlo tanto. 

La vidente (una típica señora que roza los sesenta y que lleva colgadas del cuello y las manos más joyas de las que puede sujetar), después de recibir una cantidad considerable de dinero, le dijo con voz chirriante, cual profecía, que pasaría siete años sola hasta que volviera a enamorarse, y que durante ese tiempo debería recoger, cada año, un gato de la calle, de color exclusivamente negro. 

Durante siete años Melissa lloró, recogió gatos y lloró con ellos; hasta que por fin conoció a ese alguien. 

Se llamaba Mefistófeles y era funcionario; tenía el pelo rojo y los ojos oscuros, aunque cambiaban con el clima y los estados de ánimo. 

Se conocieron en el parque, cuando Melissa se disponía a recoger su séptimo gato negro y que Mefistófeles estaba acariciando en ese momento. Ocurrió lo típico que podía haber ocurrido, un encuentro casual, un par de miradas, unas risas y un te quiero y quiero estar contigo toda la vida. 

Aquella noche la pasaron juntos; ella le enseñó sus gatos y él jugó con ellos. También cenaron salmón, al igual que los gatos; y después bebieron champán en el porche, a la luz de la luna llena. 

Entre burbujas y maullidos, Melissa y Mefistófeles se besaron apasionadamente, y se amaron toda la noche. 

Pero, inevitablemente, Mefistófeles despertó de su sueño. Melissa aún dormía, sobre la cama había al menos cinco gatos, los demás andarían buscando las sobras del salmón en la basura. 

Mefistófeles fue hacia la cocina y encendió una luz amarilla, muy fuerte y que iluminaba desde el centro toda la habitación; acarició los cuchillos, los había grandes, pequeños, cortos, largos, anchos, delgados, más afilados, menos afilados, cualquiera servía... 

Los gatos maullaban, eran casi las siete de la mañana y ya tenían hambre; se deslizaban junto a él, pasando entre sus piernas y reclamando ser alimentados. 

Entonces él se agachó y cogió al gato más cercano, que resultó ser el mismo que acariciaba la tarde anterior en el parque. 

Lo sujetó por las patas y, con un alicate metálico que cogió de la caja de herramientas comenzó a arrancarle las uñas, una a una, para después aprovechar de la piel adherida a las uñas y empezar a tirar hacia arriba, pata por pata, para después seguir con la piel del lomo hasta llegar a la cabeza y dejar la cola para el final. 

Así, gato por gato acabó desollándolos a todos. 


En ese mismo momento, Melissa se despertó sola en el dormitorio, oyendo a sus gatos llorar. Tendrán hambre, pensó.

Se levantó de la cama, el suelo estaba frío y olía a sangre; se puso su bata de terciopelo y fue hacia la cocina, sus siete gatos cada vez lloraban más y más, y ella corría por el pasillo, respirando sangre. 

Al llegar pudo ver a los siete gatos que yacían en un estanque rojo, semicircular y que habían dejado de llorar, pues el olor a sangre les había envenenado. 

Mefistófeles sostenía las siete pieles en su mano derecha, cogidas por las colas que hace unas horas bailaban de lado a lado y espantaban las moscas en verano. 

Melissa creía estar en un sueño y el charco se hacía más y más grande, hasta alcanzar sus pies desnudos, paralizados por el frío. 

Se fijó en Mefistófeles, quien parecía estar dormido, pues sus ojos estaban abiertos, pero no veían nada. Dejó el cuchillo sobre la mesa y se fue al dormitorio; colocó las pieles sobre la almohada, en el lado de Melissa y, poco a poco, las sábanas se fueron tiñendo de rojo. 

Melissa se puso los guantes de fregar los platos, cogió a sus siete gatos inertes y los metió en bolsas de basura, que dejó a la entrada del porche; después, de rodillas en el suelo y con la bata de terciopelo aún puesta, limpió toda la sangre y recogió las ciento doce uñas, que metió en una cajita de nácar. 

Antes de quitarse los guantes limpió el cuchillo, y después sus manos; y se fue a la cama, donde él dormía plácidamente. 

Las pieles seguían en la almohada, bajo su mejilla, aún podía sentir latir sus diminutos corazones. 

Mefistófeles no volvería a despertarse pues, mientras dormía Melissa colocó sobre su nariz un pañuelo cubierto de arsénico y que, sin saberlo él respiró hasta depositarlo en lo más hondo de sus entrañas para no volver a abrir los ojos nunca más. 

Melissa volvió a visitar a la vidente, y le contó lo sucedido. Y esta, como si de la mayor tragedia se tratase, le dijo: 

- !Eres una necia! Deberías haber sabido reconocer al hombre de pelo rojo que el destino puso en tu camino, pues el hecho de que matara a los gatos era la prueba de amor que necesitabas para saber que era él y no otro el que debías amar, y así con la muerte de cada felino, borraría de golpe siete años de dolor y sufrimiento. 

Melissa volvió a casa, llorando en silencio. El cuerpo de Mefistófeles aún seguía ahí, ya se desharía de él. 

Sin embargo, con las pieles no haría lo mismo; tomó hilo y aguja y tejió una pequeña manta con la que arroparse todas las noches, pues siete años son muchos y ella aprendió a amar a sus gatos más que a nada en el mundo.