miércoles, 20 de marzo de 2013

Escarificaciones.




La tarde permanecía tranquila, hasta que se cansó de estar serena. Yo nadaba en la piscina, y un destello en el cielo me hizo temblar, erizar mis vellos y todas las sensaciones que profetizan el caos más horrible. El cielo se enfureció con la tierra, como dos amantes que se odian con sus miradas y con lágrimas, el cielo hizo callar a la tierra, que no toleraba el agua.

La piscina se desbordó de sus límites azules, y se transformó en un mar frío, artificial, del que emergieron dos purpúreos pulpos paquidérmicos, con pausados pasos de patas puntiagudas, penetrantes, punzantes. Empezó a llover, tronar, granizar y nevar al mismo tiempo, y todas las inclemencias del tiempo hicieron imposible la huida. Algo desconocido, una fuerza oculta en la mente que nos conduce a la locura, me incitó a sumergirme en el agua, junto a los monstruos.


El frío invadió mis entrañas, y los pulmones se llenaron de aire caliente, pesado. El traje de baño me oprimía, pero era horriblemente placentero nadar con los pulpos, que pronto advirtieron mi presencia. Me abrazaron, desnudaron, amaron y descuartizaron la mente en un torbellino de sensaciones marítimamente deliciosas. Cuando terminó mi inconsciencia, huí del líquido amniótico de las pesadillas, ya el cielo se había calmado, otra vez. Seguro que la tierra se arrodilló arrepentida de sus actos y juró armonía, al menos por un tiempo.

Me sentí desnuda, bañada por el sol, el aire era muy violento de respirar; de entre mis pechos brotaron unas marcas africanas, a modo de escamas de cocodrilo, un río de sangre que recorría el epicentro de mis dos montañas blancas.


Acaricié mis heridas con terror, mi piel gritaba en silencio, el dolor se extendía cual cáncer ultrahumano y el tamaño de mis incisiones crecía en fracciones de segundos.

El calor aumentaba sobre mi piel, mojada y doliente; la excitación del cielo se hizo latente, atraído por las mentiras de la tierra fría, mojada, tierra que se pega siempre a los zapatos, a las uñas.

Aquella noche, soñé con África en Agosto: los nativos me abrieron el pecho para beber mi sangre blanca, mojada en la sal de las piscinas occidentales. Sal, guijarros y gusanos en mi pecho, abrieron mis heridas para vivir dentro de mí.


domingo, 24 de febrero de 2013

Formas únicas en el espacio (parte II)


El tiempo se consumía, como cuando las nubes se comen el azul del cielo, y la chica de ojos marrones miraba por la ventanilla del tren. 
El paisaje se le escapaba, como una pintura futurista, solo que ese incesante movimiento, a ella le inspiraba quietud, pues no era capaz de levantarse de su asiento. El día era gris y pesado, muy violento de respirar, y la chica estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por seguir existiendo en ese momento.
Al otro lado del vagón alguien se levantó, era una chica de ojos verdes, muy alta y bella. Ambas se miraron un instante y, sin saberlo, en ese momento algo se desgarró en sus miradas. Una fuerza cósmica, malvada, trazó con un movimiento de aguja sendos orificios en sus ojos, verdes y marrones, para así unirlos para siempre.
En el cielo, una nube cogió de la mano a otra, para que ellas no pudieran hacerlo y tan solo se dijeran: “hola”.


martes, 19 de febrero de 2013

Las amigas o Pureza y libertad (Parte I)


Este relato se lo quiero dedicar a María P. Quero, quien fue
la primera persona en leerlo, aquel mediodía en el tren.

-¡Felicidades! Le dijo la amiga.
Ambas se abrazaron, sin saber que sus sentimientos eran los mismos.
-Pasa, hay tarta en el cuarto, es de queso y fresas.
Realmente no se dijeron nada importante durante la tarde, tan solo se miraron y, a veces, los ojos verdes de una, se reflejaban en los marrones de la otra, emulando todo un universo natural en un cosmos microscópico, de tal manera que ambos colores se fundían en uno, como las estrellas se hunden en el petrolífero universo.
La una se levantó, la otra también; sus ojos estaban sujetos por unos hilos pesados, muy dolorosos, no había forma de escapar.
Aún penetrándose las miradas, se besaron tímidamente: un solo beso significaba la muerte así que, por qué parar.
Las bocas se fundieron, al igual que los ojos, que permanecían dolorosamente abiertos, como si hubieran perdido toda su humedad, a pesar de estar lloviendo fuera.
El tiempo pasó de manera natural, lento para unos, rápido para otras, y la separación fue inevitable, al igual que la tormenta.
La chica de ojos verdes escapó, sintiendo un desgarramiento sobrehumano en el lagrimal, como si desollaran su piel fría, lentamente.
La chica de ojos marrones permaneció inmóvil, frente a la ventana, viendo huir a su amiga por la playa, serena, en calma.
La primera paró en la orilla, de cara al mar. Sus ojos lloraban sangre, pero ella no lo sabía. La otra no lloraba, temblaba desde lo alto de su torre.
El mar se embraveció y de una ola nació una criatura extraña que, cual ballena tragó a la amiga, que perdió el verde de sus ojos viendo a la otra en lo alto, desfalleciendo como una liviana hoja de otoño.


sábado, 19 de enero de 2013

Desde lo más profundo de mi ser.


Con este relato he participado en un concurso, 
por eso es más extenso que de costumbre. 
No creo en la suerte, pero a ver que pasa...




Siempre supe que el color rojo de mi pelo significaba algo: estaba destinada a sufrir.

Ya desde antes de mi alumbramiento, de mi salida divina y milagrosa de la cueva roja, mi madre me ponía Mozart, el Réquiem sobre todo.

Aquella música me exorcizaba, me elevaba a las cotas más altas del éxtasis, sin haber probado aún los polvos de ángel ni las pastillas rosas.

Escuchar esas embriagadoras notas era, como descubriría más tarde, un placer comparado a correr por un sendero infinito, correr sin motivo aparente; o gritar, gritar al cielo o al suelo, daba lo mismo; también estaba relacionado con el ansia de comer de un niño, de un niño obeso que traga sin pudor, que engulle como si fuese su último día en la tierra.

Pero cuando vas creciendo, pruebas todo tipo de placeres que te elevan hasta el éxtasis, para después desfallecer y soñar con agujeros negros, y todo en el mundo te da miedo, y todo es tan asfixiante y abrumador como la salida del útero.

Cuando nací, mis padres no me quitaban el ojo de encima, era un pelirroja vigilada en extremo, que tenía que esconderse o levantarse por las noches para devorar pecaminosas porciones de chocolate en la despensa. Algún día alguien me castigará por esto, pensé desde mi ateísmo.

Una niña cada vez más mala, que soñaba a los once años con un mundo donde las mujeres son mantis y los hombres hormigas. Poco después me hice mujer.

No fue para tanto, mis ojos estaban acostumbrados al rojo intenso, a la sangre.

Pero pronto descubrí cuál era mi sueño, si es que está permitido utilizar esta palabra.

Quería ser escritora, aunque aún no había escrito nada. Desde lo más profundo de mi ser, algo fundido a mí, inexplicable, me decía que tenía que escribir.

Se puede escribir sobre mil cosas, me dije. Si nos paramos a pensar, está todo escrito, todo se ha dicho, y de mil maneras pero, ¿y el orden de las palabras? Todo se fundamenta en eso, tan sólo has de saber ordenar las palabras de manera armoniosa. Entonces empecé a odiar mi vocación, ser escritora era un engaño, una farsa. El mérito de los libros debería recaer sobre las palabras, o mejor, sobre las letras; bendito abecedario.

Pasé un tiempo buscando algo con que ganarme la vida, vida que (más tarde descubriría) no me merecía. 

Dejé a mis padres y todo mi pasado, por otra razón de nuevo inconcebible, arraigada en mi ser, voz esplendorosa que dominaba mis sentidos.

Pero allí estaba, diciéndole adiós a mis progenitores, las únicas personas capaces de decirme no, de hacerme sentir vergüenza y de inculcarme tanto asco hacia la vida, que tuve que marcharme.

Me instalé en una ciudad al azar, no importaba su nombre, tan sólo mi futuro de escritora.



Ahora, necesitaba algo sobre lo que escribir.

A estas alturas cabe preguntar si hubo alguien más en mi vida. No, aún no.

Sí que tuve amores pasajeros a los quince años, pero fueron mis hormigas y yo su mantis.

En aquella ciudad hacía frío, salir a sus calles kilométricas me aterraba, pero esa inquietud me ayudaba a escribir.

-Tengo miedo a salir y caerme de algún puente.

No, esa frase era de lo más estúpida, ¿acaso era yo estúpida?

-Tengo miedo... me aterra el mundo y sus precipicios, la gente anónima, insomne que vaga y se arrastra en cualquier dirección sin sentido, sin rumbo original, hacia su muerte inevitable, en algún precipicio.

Mejor por hoy dejo de escribir.

Decidí salir, llevaba algunas noches soñando (pues no existe un verbo para las pesadillas), con caídas estrepitosas, inevitables e infinitas de dolor.

La calle no estaba tan mal, hasta me gustaba ver a toda esa gente con prisas nada más que aparentes, para demostrar que más allá de su condición física, tienen una vida que comparten y hacen en sus remotas casas.

Ese día decidí ir a la editorial, cargada con los manuscritos de veintisiete relatos.

La espera fue insufrible. El tiempo pasaba a la vez lento y rápido. Mis acciones eran efímeras, pero mis pensamientos eran eternos.

Entonces pensé que debería haber revisado los relatos más antiguos pero, para qué.

Los buenos escritores pasan los años subiendo de nivel, escribiendo mejor cada vez; sin embargo, pobres de ellos, nunca alcanzan la perfección, pues la vida es finita y el poder humano también.

Desgraciados los que se aventuraron a escribir, sin rumbo, sin meta, sabiendo que la perfección es utópica, inalcanzable.



-No es lo que estamos buscando.

-¿Y qué es lo que están buscando?

-Algo más alegre, menos dañino para los lectores.

Así que era dañina para mis inexistentes lectores.

Sentí tanto asco que quise vomitar. Ahora tenía dos opciones, no volver jamás a aquella editorial, o volver pasados unos años, habiendo subido mi nivel.

Ninguna de las opciones me convencía.

Me marché a mi remota y anónima casa del centro, para seguir escribiendo sin sentido, para castigarme por mi incompetencia.

En mitad de la calle, alguien chocó conmigo, juntamos nuestras burbujas vitales hasta el extremo y él, sin poder evitarlo, esparció por el suelo mojado todos mis asquerosos relatos (como en aquella película).

Por supuesto, dejó su cartera y su paraguas para ayudarme; también se ofreció a acompañarme a casa y arreglar su desastre.

-No importa, le dije, no me los han aceptado.

Aquel hombre mostró su expresión más triste y empática, y me invitó a un banal café.

El local parecía una pecera, llena de gente estandarizada, resbaladiza, parejas que van a tomar café y tartas de queso con mermelada, aquello también me dio asco.

Observé a aquel hombre, tendría unos veintisiete, un año por cada relato que inútilmente yo había escrito.

Algunos pelos de su recortada barba eran de un tono gris, otros blancos, pero él era castaño oscuro, sus ojos también.

Llamó a la camarera, una señora rubia postiza con escote profundo y tacones lejanos, que nos sirvió dos tazas. Yo odiaba el café, pero nunca se lo dije.



A partir de ahí, declaró su ferviente amor por mí, la inevitable atracción que sintió antes de chocarnos, cuando me observaba atónito desde la otra acera.

-Estoy enamorado de tu pelo rojo. ¿Es natural?

-Pues claro.

-Claro, cómo no...

Tras el típico silencio incómodo de las primeras citas, me dijo:

-¿Sabías que hasta finales del siglo XIX, en el mundo del arte una mujer pelirroja era una pecadora?

-No tenía ni idea.

-Los simbolistas empezaron a pintarlas como vírgenes, desde entonces ya no se consideraba algo blasfemo. ¿No te parece revelador?

-¿Por qué habría de parecérmelo?

-Pues porque tu pelo me ha hechizado.

Me sonrió ampliamente, como si con él estuviera a salvo de todo.

Sin apenas ser consciente del transcurso del tiempo y sus desgracias, aquel hombre vino a vivir conmigo, a aquella casa que dejó de ser anónima.

Pasábamos juntos los días y las noches; él observándome, yo haciéndome la dormida, para no tener que observarle.

-Me sé tu cara de memoria. Me susurraba algunas mañanas, cuando me despertaba y traía dos tazas de asqueroso café, que yo tenía que beber con la más estúpida de las sonrisas.

Siempre dejaba, antes de irse a trabajar (no importa dónde), una nota que decía:

-Tu belleza es sinuosa, centelleante, turbadora, metafísica..., me obnubila y me conmueve. Me hace ser mejor persona.

Y también siempre, cuando llegaba de trabajar, traía consigo objetos tan corrientes como ramos de flores artificialmente bellas, o cajas de bombones, de pecaminoso placer.



Una noche quiso llevarme a un restaurante, yo no quería salir, la calle seguía aterrándome, pero jamás se lo dije. Entonces él me suplicó que me pusiera el vestido verde, su favorito.

Sentados a la mesa de aquella pecera de etiqueta, me pidió matrimonio.

Yo no quería casarme, pero para eso tendría que haberle dicho que no me gustaba el café.

Acepté; nos prometimos para octubre, él sabía que era mi mes favorito, aunque después dejaría de gustarme.

Su felicidad extrema a veces me abrumaba, me oprimía, me asfixiaba.

Pero por las noches era diferente.

Cuando desnudos uníamos nuestros cuerpos, él siempre se quedaba mirando muy fijamente el rojo de mi pelo. Entonces, sin remedio alguno, eyaculaba de placer, siempre antes que yo, siempre él.

-Lo siento muchísimo, pero es que me excitas tanto... Me decía desde lo más profundo de su humano, masculino corazón.

Jamás tuve un orgasmo. Todos los hombres con los que había compartido mi cuerpo y mi mente, manchaban las sábanas de vergüenza, y yo los echaba de casa pero, ¿cómo despedir de mi inmerecida vida al único hombre capaz de amarme?

Lo llaman la petit mort, creo que nunca experimentaré tal placer, no hasta el día de mi muerte.

Una noche, de esas que presientes que al mundo o a ti os va a pasar algo grave, él me dijo.

-Me encantaría tener un hijo contigo.



No fui capaz de contestar, me hice la dormida como hacía siempre, aunque él estaba rozando mi pierna con la suya, para hacérmelo en ese mismo momento.

-¡No! Le dije con ojos desorbitados.

-¿Por qué?

-Porque te odio, odio excitarte y odio que me quieras.

Sólo supo acercarse a mí, para intentar besarme. Pero yo, poseída por una fuerza sobrehumana, empujé su cuerpo y él cayó al suelo.

En su rostro no existía odio, pero sí incomprensión, tristeza.

-No te conozco.

-Nunca me has conocido.

-Nunca me has dejado.

-Nunca me has preguntado.

-Nunca me has querido.

-No, nunca te he querido.

El se quedó tirado en el suelo, aún con una erección palpable.
Una voz en mi interior, que no me visitaba desde niña, me instó a coger las tijeras de coser que había colocadas, casi como una tentación satánica sobre la mesa.

Me aproximé a él. Esta vez no hizo falta la fuerza, se dejó vencer, dejó que yo desgarrase la piel de su sexo con mis tijeras. Una punta afilada de odio y miedo, penetró en sus testículos, pero no hubo sangre, tan sólo gritos, aullidos profundos de dolor y tristeza.

Yo no podía parar. La tijera atravesó con su fría longitud todo su ser, privándole de su masculinidad, matando su hombría, desbordando los límites de lo grotesco.

Sólo yo sentí placer al contemplar mi masacre, al verle agonizar sobre el suelo de nuestro dormitorio, aquel siete de octubre, a unos días de nuestra boda.

Me marché. Tenía que salir. Era de noche y la calle me aterraba más que nunca. Deseé con todas mis fuerzas que en el suelo se abriera un agujero infernal, que un precipicio me transportara a un universo paralelo, con todos los sentimientos de los que carecía.

Pero no fue así. Vagué por las calles en busca de un puente, del que nunca me atrevería a tirarme.

Para qué buscar la felicidad si el fin inevitable de la vida es la muerte, para qué esforzarse por algo tan efímero.

A la mañana siguiente me dirigí a la editorial con este manuscrito, el último que escribiría.

En la misma sala de espera sonaba el Réquiem de Mozart, y el mismo señor de la vez anterior apareció, mirándome con gesto asqueado. Y yo le pregunté:

-¿Qué le ha parecido este?



jueves, 13 de diciembre de 2012

Gula.


Dieric (Dirk) Bouts the Elder “Infierno” (Hell), 1450.

Son las ocho y Gula repta por el pasillo, cual bestia cebada en exceso, sorteando todo tipo de basuras en el frío suelo, avanzando hacia el templo griego de aluminio marmóreo que custodia el néctar y ambrosía de los mortales.
Solo que la nevera contenía restos humanos, banales alimentos primarios y demás porquerías.
Gula llevó a cabo el mayor esfuerzo del día, y alzó su brazo de globo elástico para coger lo que parecían los restos de una tarta. Abrió la boca cuanto pudo, y con sus manos de cuchara prehistórica, engulló el primer pedazo. Al estar sus papilas gustativas muertas, Gula no sintió placer al tragar, no fue consciente del color verde que empezaba a colonizar su pastel, y lo fue devorando todo hasta que desapareció, sin hacer caso a los gritos de sus entrañas.
No contento con eso, Gula decide, en un acto más físico que intelectual, coger más comida.
Después de vaciar el templo, Gula cae al suelo. Yacía sobre su propio vómito, alfombra de seda deshilachada cuando Belcebú aterrizó a su lado; aún inconsciente, lo sostuvo como pudo y ambos volaron hacia el infierno. No hizo falta mediar con Caronte.
Cuando Gula despertó, aún sentía hambre. Estaba atado a una plancha de hierro candente, y siete pequeños demonios traían bandejas de pululantes gusanos.
Abrieron su boca enorme, túnel maldito de vapores pestilentes y cebaron a Gula hasta la saciedad.
Ya no sentía hambre, sentía dolor; pero sus súplicas se enmudecían con los rugidos del Diablo y los gritos de los demás condenados y pecadores.
Cual puertas del infierno, el estómago de Gula se cerró, pero no contentos los demonios, siguieron llenando el pozo putrefacto, pestilente de las mayores pequeñeces y porquerías pesadas.
Gula sentía que explotaba, el dolor le consumía de tal manera, que ya gritar era en vano.
Allí, en el infierno, en las entrañas de la tierra, entre fuego y miedo, Gula sintió deshacer su enorme cuerpo en mil pedazos, de colores y texturas diferentes, acabando con el ciclo de sus actos, dando ejemplo a los demás condenados, cumpliendo con su castigo.
Junto al diablo, un cerdo sonríe mientras devora beicon, y los pequeños demonios se disponen a buscar nuevas almas pecadoras.

martes, 27 de noviembre de 2012

Sal.



Aquella tarde de otoño caminaba por la ciudad muerta, a las siete ya ha caído la noche y lleva rato intentando levantarse.
La calle espectral se estrechaba, y un puente como de circo sostenía a los mártires transeúntes que se arrastraban hacia sus destinos, dejando un rastro de sangre, de odio, de miedo.
El puente parecía temblar. Las máquinas metálicas, veloces llamadas coches, corrían debajo de nuestros pies. En la noche eran como luces fugaces, destellos de cometas, y demás astros banales.
Si hubiera alargado mi brazo, podría haber atrapado un cochecito rojo, lo habría agitado como a un salero, y hubiese derramado sobre mi boca a todos esos pequeños duendecillos llamados pilotos, y sentir cómo bajan granos de sal por mi garganta, sin apenas masticar. Pequeños cuerpos duros que se deshacen con los jugos gástricos de mis entrañas.
Podría haberlo hecho, pero no lo hice.
A lo lejos, en el otro extremo del puente, dos personajes unían sus cuerpos vestidos con estridentes colores circenses, rojo y azul, amarillo tal vez.
Sentí arcadas.
Sobre el puente colgante de la humanidad, sobre los coches fugaces que se condensaban en pequeños granos de algún asqueroso producto salado, empecé a vomitar sal.
La sal bullía de mi boca, como si de una fuente se tratase; volcán de lava blanca desorbitada y siniestra, desbordando los límites de lo grotesco.
La sal se acumulaba en el puente como la porquería de los circos sociales.
La sal efervescente de mi cuerpo salía a borbotones estrepitosos por mis orejas.
Había sal en mi boca, entre mis dientes, bajo mi lengua, la sal brotaba de los rincones más estrechos de mis oídos, en los conductos lacrimógenos de mis glóbulos oculares, llorar sal era tan sublime como contemplar un amanecer negro; sal en mis entrañas, en los riñones y en las venas, corriendo con mi sangre, si es que me quedaba algo de sangre; sal en mis pulmones, bajos mis uñas y entre los vellos de mis brazos; sal en mi vagina, condensada en una forma cúbica, fálica, violando mis sentidos y fluyendo por mis poros; sal en mi nariz, en mis huesos, entre mis dedos, sal, sal de mí.

martes, 20 de noviembre de 2012

Relato apoteósico.


Querido diario, me llamo Paloma y tengo siete años. Hoy es el gran día.
Llevo todo el curso enamorada de Iván. Nadie lo sabe, ni mis amigas, ni mi madre, ni mis muñecas.
Hoy es el último día de clase, mañana empieza el verano y nos dan las vacaciones. Iván y su familia se marchan a Japón, no volveré a verle, y por eso tengo que decirle que le quiero, para que se quede conmigo.
Si le digo que le quiero, no subirá al avión; nos cogeremos de la mano e iremos a bañarnos al lago.
Querido diario... deséame suerte.



Esa mañana, después de salir del colegio, Paloma tomó aire y fue hasta Iván, que por suerte estaba solo.
-Hola.
-Hola.
-Tengo que decirte una cosa.
-¿Qué es?
-Que te quiero.
-¿Y qué?
-Pues que ya no tienes que irte a japón, puedes quedarte conmigo, iremos al lago a nadar.
-No quiero quedarme contigo.

Iván se fue, dejando sola a Paloma. Los niños la miraban, pero eso no le importaba, no podía dejar de pensar en los ojos de Iván, verdes y fríos, y en sus labios al decir: no.
Congeló esa imagen en su cabeza, se le daba muy bien tomar fotografías mentales.
Esa tarde, Paloma salió sola, el día era tan cálido como los abrazos de su abuela.
Ella y su diario se sentaron en la hierba, que aún era de un verde primaveral.



Querido diario: le he dicho a Iván las tres palabras más bonitas que se le pueden decir a alguien.
También le he dicho que se quedase conmigo, y él me ha dicho simplemente: no.

Seguramente, ya nunca más tendré fuerzas para pronunciar estas inminentes palabras a alguien y volver sufrir la humillación de la total y absoluta soledad.
Mi cuerpo y mi mente crecerán, pero a ritmos diferentes, y yo dejaré las meriendas por las pastillas, para poder ponerme los vestidos estrechos.
Cuando crezca lo suficiente y los hombres me deseen, intentarán de mil maneras acostarse conmigo; yo por supuesto me negaré a darles tal satisfacción y monstruos me atacarán con su única garra detrás de cualquier bar de copas, porque yo estaré flotando en una nube de polvo rosa.
Inevitablemente, me quedaré embarazada, sin saber quien es el ser que sin permiso ni delicadeza germinó mis entrañas.
Mis padres antes de calmar mis angustias, intentarán olvidar lo sucedido presentándome al hijo de la vecina de la prima de mi abuela, alegando que es el hombre perfecto para mí pero, qué sabrán ellos de mi.
Querrán que nos casemos, que tenga sus hijos y que todos los domingos, después de ir a la Iglesia, prepare la cena, sumisa y devota.
Sin opción a elegir, saldré con ese hombre, y él me tratará como a una reina, me hará sentir por un momento el único ser con vida del planeta.
Hasta que un día, yo me tropezaré sobre su puño, sin más remedio que aprender a borrar mis heridas. Pero le perdonaré, pues fui yo en la condición de Eva la que provocó todos los males de la tierra.
Un día llegará a casa en estado alucinógeno, y de una paliza me dejará inconsciente.
A las pocas semanas, nacerá mi hija muerta, pero yo me alegraré por ella, tendrá la suerte de ir al cielo de los inocentes, de los ingenuos, de los buenos, sin pasar por el juicio de las almas.
Después de abandonar a mi Adán, mis padres dejarán de hablarme pues, según ellos, según el mundo y según su Dios, siempre hay que perdonar.
Sumida en la total depresión de la soledad, iré a buscar trabajo, seré la secretaria de algún político corrupto, y le llevaré el café a diario, con escote y una gran sonrisa.
Pero un día me desmayaré entre la multitud, y despertaré en el hospital más cercano con un pecho extirpado, ya nunca más volveré a mirarme en el espejo...

Por un momento, Paloma empieza a temblar.
El diario está lleno de jeroglíficos inexplicables, ni rastro de una sola palabra.
La noche empieza a caer despacio, como una bolsa atrapada en una corriente de aire.
Paloma se levanta, ha dejado sobre la hierba un surco humano, como una huella de vida.
Ya es hora de irse a casa, piensa. Con su diario en la mano, se acerca a cruzar la calle.
Recuerda que mamá siempre dice que hay que mirar antes de cruzar pero, para qué...